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	<title>cielo Archivos - La Chispa de Veracruz</title>
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		<title>ABANICO/ Efecto Pigmalión</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 Jan 2023 06:06:58 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ivette Estrada -Aunque nadie te diga que eres un genio, sabes que lo eres y un día lo revelarás al mundo. La sentencia del milagro se diluye ante la propia incredulidad y una educación basada en la modestia y una religión plagada de culpa. Sin embargo, a veces aparece un leve recuerdo: el efecto&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Ivette Estrada</strong><br />
-Aunque nadie te diga que eres un genio, sabes que lo eres y un día lo revelarás al mundo.<br />
La sentencia del milagro se diluye ante la propia incredulidad y una educación basada en la modestia y una religión plagada de culpa. Sin embargo, a veces aparece un leve recuerdo: el efecto Pigmalión como minúsculo brote de autoconsciencia.<br />
Ovidio cuenta que el rey Pigmalión afirmó que no se enamoraría de ninguna persona que no fuera perfecta. Como es evidente, esta búsqueda le causaba mucha frustración. Por ello, tomó la decisión de dejar la búsqueda y comenzó a crear esculturas de mujeres. Una resultó magnífica y se enamoró de ella. Lo sorprendente es que la escultura se transformó en una mujer.<br />
Hoy, grandes expectativas conforman personas sobresalientes en distintas disciplinas. No en vano, los maestros suelen enfatizar virtudes y esperar pacientes los frutos.<br />
Al efecto Pigmalión también se le conoce con el nombre de “profecía autocumplida”, en el sentido de que, cuando otras personas tienen una previsión de cómo vamos a actuar, de qué vamos a conseguir, o de cómo somos, es probable que estas previsiones o expectativas cumplan lo confirmando.<br />
Esto no es vano: el autoconcepto se conforma, en gran medida, con la opinión de los otros. Así, di a alguien que será un héroe y lo será, lo mismo que si le adjudicas el papel de engendro maligno, rey o santo.<br />
Nuestros ancestros y maestros tienen un peso significativo en el propio destino. Sus palabras sentencian en gran parte en aquello en lo que nos convertiremos. El mismo rol trascendental lo ejercen las autoridades políticas o cívicas de una comunidad. Antaño eran los viejos sabios. A ellos les correspondía, en gran medida, trazar el futuro de un nuevo ser con la simple imposición del nombre. Existe un proverbio popular que explica que “nombre es destino”. Y es verdad.<br />
Así, conviene desdeñar un nombre popular o de un personaje famoso sin indagar antes el significado. Tampoco se vale designar a alguien con un vocablo sólo porque suena hermoso. Un nombre debe analizarse como un designio de vida y suerte.<br />
Pero más allá de ello, ¿qué camino deseamos que anden los seres que amamos? Las palabras, en gran medida, trazarán su rumbo. Si nos referimos a un chico como bellaco lo será, pero si le aseguramos que posee un don natural para determinada actividad también lo logrará.<br />
No conviene subestimar las palabras ni aseverar que se trata de cuentos de viejos. Las palabras son seres mágicos, con vida propia, que suelen transformar a quien las toca.<br />
Existe un ejemplo simple sobre esto: señala un par de virtudes a una persona que aprecies. Por magro que sea la respuesta hallarás una luz nueva en sus ojos. Di una palabra despectiva a alguien que te hiera y observarás el ceño y desaprobación. Las palabras tocan, envuelven, sucumben.<br />
Y es de palabras, sólo de eso, de lo que trata el efecto Pigmalión. Ahora, no se trata de proferir halagos huecos sin sentido, sino de observar lo bueno en los otros y expresarlo sin ambages. Más si se trata de adolescentes y niños. Para ellos, las palabras tienen mayor poder.</p>
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		<title>ABANICO/ Tocar el cielo</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Jan 2023 06:10:10 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ivette Estrada Orar es el diálogo más importante de todos las que entablaremos a lo largo de nuestra vida: es conversar con Dios. No son rezos aprendidos de memoria con palabras que cotidianamente no usamos y cuyos significados ignoramos. Es recordar que la esencia divina está en nosotros y somos parte de la perfección.&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h2><strong>Por Ivette Estrada</strong></h2>
<p>Orar es el diálogo más importante de todos las que entablaremos a lo largo de nuestra vida: es conversar con Dios. No son rezos aprendidos de memoria con palabras que cotidianamente no usamos y cuyos significados ignoramos. Es recordar que la esencia divina está en nosotros y somos parte de la perfección.<br />
No es blasfemia: somos hechos a imagen y semejanza del Principio. Con tales cualidades somos capaces de hablarle al Creador de los mundos tangibles y sutiles en cualquier momento para agradecer, preguntar o pedir. Para plantear inquietudes y manifestar nuestra esperanza o desosiego o para sentir la protección y guía en nuestro camino.<br />
Por ello, no debe sorprendernos que cuando pedimos una señal divina, ésta aparezca de manera contundente para cada uno de nosotros, porque sólo el que pide sabe las dimensiones de lo que solicita y sus implicaciones y significados.<br />
Una respuesta común, y no por ello menos maravillosa, es la serenidad. Esa calma súbita que aparece después de orar. El corazón parece apaciguarse y cesa el bamboleo atroz que emerge en la ansiedad o en la angustia. Entonces emerge una claridad absoluta que nos permite separarnos de un acontecimiento concreto y observar detenidamente todas sus perspectivas. Es el momento ideal para encontrar soluciones idóneas.<br />
Amamos hablar con Dios. Es el regalo que nos damos cuando aparece la noche. Entonces nuestra voz pronuncia: Bendito Dios…y le contamos nuestro día, lo que hicimos y pensamos, las sombras que aparecen a veces, los dilemas que rondan los pensamientos, nuestras filias… y también los ocasionales horrores que se infiltran en la realidad.<br />
A ese recuento verbal cuando conversamos con Dios, sobreviene entonces la paz. Todas las preocupaciones vuelan al mundo del olvido, se convierten en diminutos velos que se esparcen en el aire y llegan a la nada. Ese sentido de vacuidad algunos logran obtenerlo en la meditación. No se piensa ya nada. La serenidad del ser es la emoción más feliz que alguien puede experimentar.<br />
Ese momento es lo que nos acerca a nuestra verdadera esencia y logramos tocar el cielo.<br />
¿Cuánto dura ese momento? No lo sé. Es el equivalente al eureka. Un instante de sol. El tiempo en que se devela la esencia de todo y el ser logra desprenderse del mundo y sus preocupaciones. Se asume, entonces, que todo es pasajero.<br />
Emerge luego la gratitud. Y el primer nombre que pronuncias, fuente de toda la sabiduría, benevolencia y belleza es Dios. Después aparecen los nombres y rostros de nuestros padres. Y en tercer lugar nuestra propia respiración y vida.<br />
Descubrimos que amamos más personas que las que imaginamos inicialmente. Pedimos por cada una de ellas, para que encuentren a Dios en el silencio, en su percepción y en la luz. Empiezan entonces los rituales para abrazar nuevos ciclos y despedir a quienes estuvieron en algún momento con nosotros y ahora ya no. No retenemos más. Aprendemos a decir adiós.<br />
Y en ese desfile de proezas y encantos nos perdonamos por nuestra incapacidad de comprender, a veces, a seres y acontecimientos. Entonces sabemos que eso ya no importa, que aparecerán signos benevolentes: regalos en la piel del cielo. Gracias por un año más bendito Dios.</p>
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